miércoles, 27 de diciembre de 2017

Adagio (a dos voces)

Apagó la tele.

Echó la cabeza hacia atrás y dejó que el humo de la última calada saliera de su boca.

Se detuvo contemplando cómo las volutas subían hacia el techo y cerró los ojos un instante, tratando de arrinconar al incipiente dolor de cabeza que asomaba en esa noche de diciembre.

Se apretó con los pulgares las sienes y con ese gesto intentó retrasar aquella migraña de final de año que, atraída por el frío, empezaba a teñir de blanco aquel invierno que amenazaba oscuro. Se incorporó y aplastó la colilla contra el cenicero de cristal que había sobre la mesa baja.

Apartó un rastro de ceniza que le había quedado en los dedos y repasó con la yema del índice el tacto metálico del objeto en el que yacían, solitarios, los restos del último cigarrillo recién consumido. Se levantó del sofá y al caminar descalza sobre el suelo de madera sintió un escalofrío que recorría su cuerpo. Quería darse una ducha.

Caminó haciendo eses en el parqué, esquivando las montañas de libros y papeles que había levantado en aquella estancia como los muros de un indescifrable castillo. Como si tras aquellas empalizadas se escondiera en realidad el fuerte de un niño grande, que recorría ahora sus dominios. A pesar de los calcetines que llevaba, notó que el frío ganaba terreno y pensó en darse una ducha, pero antes puso algo de música y apagó la luz de la sala.

De repente, le pareció captar un murmullo que le hizo detenerse en mitad de la estancia. Allí, de pie, aún descalza sobre el suelo cada vez más frío, quiso silenciarlo todo para buscar más allá de aquellas paredes un mensaje oculto. Pero no lo consiguió. Hizo una escala antes del baño en el equipo de música que había junto a la televisión y quiso cerrar los ojos y elegir al azar un disco compacto que poner, pero acabó como siempre cogiendo el que menos polvo tenía sobre la tapa porque era el que más utilizaba. Lo puso y pasó las pistas hasta que llegó a la composición que bucaba: el Adagio de Bach y Marcello.

Apenas había comenzado la música le pareció que la melodía rebobinaba en un segundo plano y volvía a empezar. Como si hubiera una segunda voz en el Adagio que hubiera parado el mundo un instante antes de reiniciarlo poco después, con unos segundos de retraso, y las dos voces se montaran con apenas ese lapso de tiempo de diferencia. Caminando iguales, al fin y al cabo, una voz al frente y la otra, más lejana, apenas un eco, como un escudera del tiempo real. Un eco de la vida más allá de sus cuatro paredes. En medio de la oscuridad de la sala aún esquivó algunos montones de libros más antes de perderse en el baño, encender la luz y dejar la puerta un poco abierta.

Antes de llegar al baño apagó la luz de la sala y dejó que la música fuera toda la vestimenta de una estancia que no le parecía suya. Conocía aquel piso al milímetro pero había algo extraño en él siempre que era tomado por la oscuridad, como si la sombra de los muebles alimentada por la poca luz que entraba de la calle fuera distinta en función del estado de ánimo de la vivienda, si es que aquella vivienda podía de verdad sentir. Esta noche notó el sillón más alargado en su reflejo, y en las paredes se levantaban huellas oscuras de muebles en realidad inmóviles que parecían caminar por ellas en función de cómo recibieran esa noche la luz. Encendió la luz del baño y dejó la puerta un poco abierta.

Salió envuelto en una toalla y fue hasta la habitación para sacar de la mesita la ropa interior y rescatar de la cama un pantalón de pijama y una camiseta vieja. Esta vez no se puso calcetines y optó por caminar descalzo por el piso, olvidando la toalla en la cama, donde amanecería al día siguiente. Se pasó la mano por el pelo, aún mojado, y se encaminó hacia la cocina con la intención de preparar café. En el aparato de música, el Adagio empezaba entonces de nuevo, pero pese a ese breve silencio que precede a la repetición le pareció que el piano no dejaba nunca de sonar, aunque lo hacía ahora a lo lejos.

Dejó la luz del año encendida pero mantuvo apagada la de la sala. Envuelta en una toalla, una lengua de vaho la despidió del pequeño cuarto tras la ducha y la siguió un instante mientras caminaba hacia la habitación, donde dejó caer la toalla al suelo para ponerse una camiseta vieja, algo de ropa interior y unos gruesos calcetines de lana, como si amortiguar el contacto con el suelo fuera suficiente para vencer al frío que poco antes, y durante un instante, le había ganado la batalla. Caminaba hacia la cocina con la idea de prepararse un café cuando reconoció los acordes finales del Adagio y se detuvo junto al equipo de música para ponerlo de nuevo desde el principio. Antes de pulsar la tecla apenas reparó en que la melodía, en algún punto entre su piso y el resto de la noche, ya había comenzado.

Café solo y sin azúcar, él.

Café solo, con dos terrones, ella.

De vuelta a la sala encendió el árbol de Navidad y esquivó de nuevo los libros y papeles que trazaban los límites del desorden en el suelo antes de hacer una parada en la mesa y rescatar el tabaco, y encaminarse hacia la pared más alejada de la terraza, descorridas las cortinas de par en par, y sentarse en el suelo. Dejó la taza a un lado y encendió un pitillo de nuevo.

Fumando en silencio, sentada en el suelo, veía en las paredes el reflejo del parpadeo de las luces del árbol de Navidad. Miraba de frente a la terraza desde el lado más alejado de la estancia. Las cortinas descorridas dejaban que entrara la luz de la luna, y en medio de la calidez que ella sentía, alejado por el momento aquel anuncio del dolor de cabeza, pensó que allí afuera, en el mundo, hacía un frío atronador.

El mundo era un lugar frío y solitario visto a través de aquel balcón, pensó. Tomó un sorbo del café y se dispuso a apurar las últimas caladas del cigarro. Reconoció los últimos acordes del Adagio y cerró los ojos mientras el humo se perdía cielo arriba hasta el techo. Apoyó toda la espalda contra la pared y echó la cabeza hacia atrás.

Aún tenía el humo en la boca cuando cerró los ojos y se dejó bañar por las últimas melodías de la obra de Bach y Marcello. Apoyó la espalda contra la pared y echó la cabeza hacia atrás. Dejó que el humo se le escapara lentamente entre los labios y saboreó al mismo tiempo el final de la melodía.

Esta vez no hubo repetición. Pero él se mantuvo así, con los ojos cerrados, porque a pesar del silencio de su vivienda, a su espalda, todavía escuchaba el final del Adagio.

Tiró la colilla en la taza del café. Removió el resto para que se apagara. Lo hizo con los ojos cerrados, y así los mantuvo hasta que el Adagio llegó a su fin.

Y se hizo el silencio.


Primero abrió los ojos ella. Después los abrió él. Jamás lo sabrían, pero en ese instante en aquellos dos pisos gemelos separados apenas por un fino tabique, se tocaron por primera vez. Meses después, sin más barrera que una sábana, al contacto de sus pieles los dos tuvieron la misma sensación de que más que conocerse, se recordaban.  

miércoles, 25 de octubre de 2017

Sombras

Detuvo el bolígrafo y dejó las gafas sobre la mesa. Cerró los ojos y se tomó un instante antes de apretarse en los lagrimales con el índice y el pulgar de la mano derecha, hasta que la oscuridad se cubrió con un manto blanco que poco a poco volvió a fundirse a negro. Se colocó de nuevo las gafas y leyó el último párrafo para decidir si valía la pena volver a dejarse envolver por aquella sombra o era mejor arrancar la hoja, arrugar el folio y hacerlo desaparecer entre las llamas. “Caminaba absorto en sus pensamientos hasta que detectó un cambio en el compás del resonar de sus pasos. Era como si un nuevo par de pies se hubiera sumado a la melodía y el empedrado de la vieja calle escupiera un tronar desordenado. Se paró en seco y también el sonido cesó, y pensó que quizá se estuviera volviendo loco. Metió la mano en el bolsillo interior del abrigo y sacó un arrugado paquete de tabaco, y estiró un pitillo sin filtro antes de llevárselo a los labios. Lo encendió y se guardó el mechero en el bolsillo, y apenas había dado la segunda calada después de empezar a andar cuando volvió a escucharlo de nuevo: sobre la callejuela resonaban dos pares de pasos, pero ahora aquel que le parecía ajeno lo hacía a mayor velocidad. Se detuvo de nuevo, pero sólo un caminar se apagó en aquella ocasión. Al contrario, el otro había aumentado el ritmo y parecía a punto de echar a correr. Instintivamente, arrojó el cigarro al suelo y echó a correr callejón abajo, hacia las sombras...”. Algo en esa última línea llamó su atención. Desde el último punto y seguido en adelante, las palabras se hacían más difíciles de leer. Repasó el cuaderno con el dedo y notó un relieve muy pronunciado, como si hubiera estado apretando el bolígrafo más de la cuenta. Le dolía la mano. Se sirvió otro vaso de bourbon.
Estaba a punto de encender un cigarrillo más cuando una punzada de dolor le atacó la sien. Cerró los ojos y apretó los dientes para tratar de vadear esa pulsación roja que iba ganando espacio en su cabeza. Bebió con los ojos aún cerrados deseando que aquel líquido ambarino que abrasaba pudiera apagar en parte ese fuego que de nuevo ardía, pero no lo consiguió. Al contrario, al contacto con sus labios la bebida se convirtió en un pequeño torrente de minúsculos cristales que arañaron todo a su paso: la boca, el paladar, la garganta. Tomó aire mientras la tráquea se iba ensanchando y a su boca llegaba un sabor a sangre peculiar: era sangre negra, sucia, como si alguien la estuviera bombeando de un pozo donde había permanecido mucho tiempo estancada. Era sangre de otros tiempos, de otras épocas, de otras personas, que trepaba desde su estómago y trataba de abrirse paso. Contuvo la respiración y se obligó a tragar. Se levantó dando tumbos, mareado, con la fiebre taponándole los oídos. Empezó a sudar y sintió que la espalda se le volvía rígida, como si la columna vertebral fuera hora una cuerda con dos personas tirando en sus extremos. El primer espasmo no le hizo caer. Tampoco el segundo pudo con él porque se aferró como pudo a una silla. El tercer tirón de la cuerda le dejó tumbado boca arriba, respirando forzosamente por la nariz y por la boca. El calor estaba desapareciendo y su lugar lo iba ocupando un frío feroz. La luz se fue amortiguando y al tiempo que llegaba la penumbra escuchó, desde muy lejos, unos pasos que se acercaban.
Le faltaba el aire y se rompió la camiseta para intentar respirar.
Un dolor antiguo nació de nuevo en su estómago, y la piel de la tripa se le estiró hacia arriba, marcando un surco. Como si alguien arañara un tambor desde dentro.
La piel cedió y una pequeña uña negra asomó mientras a los lados caía un hilo de sangre. En la parte baja, más allá del ombligo. Y empezó a subir rasgando de abajo arriba y abriéndole la piel en dos mientras brotaba de su vientre un pozo de sangre negra. Un pequeño alacrán salió de la oscuridad y caminó sobre su pecho hasta colocarse junto a su boca, abierta del todo buscando el aire que ya no podía tragar. Se le metió en la boca y siguió rasgando con la pequeña uña de su cola de nuevo, en dirección contraria, garganta abajo.
El sonido de los pasos era ahora más cercano, y casi oyó cómo corrían antes de que todo se fuera a negro...

Esta mañana, cuando me desperté, tenía la hoja en la mano. La última frase estaba más marcada e incluso en algunos trazos de las últimas palabras comprobé que el bolígrafo había atravesado el papel. Me dolía la cabeza, pero era un dolor sordo, lejano, como un recuerdo. Me tragué dos aspirinas con el bourbon que no había bebido la noche anterior y con ese sorbo enjuagué el mal sabor de boca. Leí de nuevo el párrafo pero no hubo ni sombras, ni pasos. Algo palpitó en mi vientre y repasé con la yema de mis dedos una cicatriz que nacía junto al ombligo y subía recta hasta el esternón. Sentí como si alguien, desde el otro lado, siguiera mi movimiento con algo afilado. Leí de nuevo el párrafo y busqué la historia en lo más oscuro de aquella callejuela, y continué escribiendo.

Aún tenía en mis dedos el rastro seco de la sangre negra.    

martes, 12 de septiembre de 2017

Ausencia

Cerró la puerta con todo el cuidado que pudo y giró sobre sí misma para quedar de frente al pasillo, largo y estrecho, al que vertían como afluentes todas las habitaciones. Antes de dar un paso se quitó los zapatos de tacón y los dejó a un lado, para no hacer ruido, y mientras caminaba sin saber muy bien hacia dónde sintió sobre la palma de la mano el peso de las llaves. Sus llaves. Las que le tenía que haber devuelto hace tiempo pero que seguían en su poder. Esas llaves fueron en su momento el punto de inicio de una vida en común que se fue diluyendo con el tiempo hasta que los planes acabaron engullidos por el tedio y la relación se rompió poco a poco, como todas las cosas que no están hechas para durar. No fue una explosión la que dinamitó el camino que ambos andaban sino pequeñas grietas que volvían los pasos cada vez más inestables, hasta que del calor inicial sólo quedaron rescoldos y del fuego que fue nació una amistad tibia que guardaba, no obstante, un poso de cariño indeleble. Por eso le golpeó tan fuerte la noticia de su enfermedad. Por eso, quizá, se resistía a devolverle las llaves, también porque él no se las había pedido, por miedo a que ese gesto supusiera un cerrojo definitivo a aquello que fue.

Y ahora él ya no estaba.

Paseó por toda la casa buscando restos de su ausencia. Huellas de una pérdida que estaba empezando a asumir por más que fuera un vacío lejano, un ligero temblor más que un terremoto. Caminó por el pasillo y repasó con el dedo algunos muebles, dejando un rastro de color entre la pequeña pátina de polvo que empezaba a acumularse en aquellas superficies. No quería dejar ninguna pista de su paso por el piso pero no lo pudo evitar. Apenas se detuvo en la cocina el tiempo justo para abrir la nevera y encontrar el testimonio de una vida de paso. Un cartón de leche que llevaba abierto demasiado tiempo, algunas botellas de agua. Pan, embutido, salsa para la pasta. Una lata de atún abierta, el contenido ya seco. Algo de fruta, plátanos demasiado maduros. La cerró y dejó todo como estaba, resistiendo la tentación de tirar aquello que ya no servía. Llegó hasta la habitación y vio una escena familiar pese al tiempo: la cama deshecha, la sábana arrugada en la parte baja del colchón, a los pies; el pijama debajo de la almohada. Lo recuperó durante un instante y las prendas frías le devolvieron su olor algunos segundos.

Contuvo como pudo las lágrimas.

Enfiló el pasillo de nuevo en dirección a la puerta, sin querer profanar más un vacío que no le correspondía, pero no pudo resistir la tentación de llegar hasta el salón. Sobre la mesa había unas cuartillas a medio escribir que hojeó durante unos instantes. Reflexiones duras, letras que supuraban fiebre escritas en las noches en las que la memoria era ya una cicatriz que no dejaba de sangrar. Recuerdos deformados por el dolor, nombres inventados, algunos retazos de la suya y de otras historias de las que, en un gesto furioso y postrero, pareció quererse desprender. Las dejó todas ahí, no se guardó ninguna. Un sofá huérfano de cojines y un sillón que acunaba en uno de sus brazos un libro a medio leer. Ahí estaba, desafiante, con el marcapáginas asomando para trazar el punto en el que se quedó y ya nunca retomará. El final prematuro a una historia que, quién sabe, le estaba gustando o aburriendo, apasionando o aletargando en las últimas noches. Y una pregunta brotaba de aquella frontera entre las páginas, y llegó directa a su frente sin que nada pudiera amortiguarla. ¿Debía dejar el marcapáginas ahí?

Dejarlo era subrayar todo lo que su ausencia dejó inacabado. Una historia que ya no continuará pese a tener un final, un libro que quizá nadie más lea para no mover ese marcador que, sin saberlo, convirtió un punto y seguido en un punto y final.

Retirarlo del libro sería borrar uno de sus últimos rastros. Hacer correr el agua para que se lleve las huellas sobre la arena, disipar de un manotazo el humo de la última calada. Poner fin a algo que no debió terminar. No así, tan pronto.

Sostuvo el libro unos minutos en sus manos antes de dejarlo de nuevo sobre el sillón, donde lo había encontrado. Quitar el marcapáginas era un gesto de intimidad que no le correspondía. No a ella, no en ese momento. Lo dejó donde estaba pero lo empujó un poco hacia dentro, para que asomara apenas el filo sobre las páginas que dividía, para que esa frontera no fuera tan evidente y ese punto y final no resultara tan grosero. Caminó por el pasillo hacia la salida y antes de abrir la puerta dejó las llaves sobre la consola que había a la entrada, junto a un foto en la que él sonreía. La sostuvo unos segundos en las manos y la miró fijamente, y se le escapó una pequeña sonrisa también a ella. Recogió los zapatos del suelo y sin ponérselos abrió la puerta y salió al rellano, cerrando con cuidado tras de sí.


Cuando el ascensor llegó a la planta baja aún iba descalza. Todavía lloraba.   

jueves, 20 de octubre de 2016

El pinchazo del hambre

Es ahora, en el ocaso de su vida, cuando ha descubierto que no hay mayor fiereza que la del hambre. Que la carencia es un territorio hostil. Que no hay aliados en la necesidad. Por eso, subida en unas zapatillas raídas, negras como la noche y como las prendas que la tapan, se ha desviado hacia calles más concurridas de gente pero más alejadas de los supermercados y tiendas de comestibles por las que peregrina cada noche con un carro de la compra que vuelve siempre lleno de nada. Las primeras veces merodeó por los cubos repletos junto a las grandes superficies, y aunque tuvo que conformarse con aquello que los demás desechaban, que no era mucho, siempre le pareció bastante. No hay gota de agua que en el desierto no colme el vaso de la sed. Las últimas veces, los cubos ya no bastaban, y entre los gatos callejeros de cada noche volvieron a aparecer las uñas. Magullada por haber sido arrojada al suelo entre el tumulto, con un rastro de sangre seca en la rodilla y nada más que tela sobre las ruedas que arrastraba, volvió a casa una noche decidida a cambiar de lugar para no volver a enfrentarse a esos colmillos que, aun compartiendo su necesidad, le doblaban en fuerza. Se alejó de supermercados y envuelta en el luto perenne de una ausencia nunca asumida, se echó a las calles del centro con la esperanza de encontrar en esos cubos lo que la vida le negaba.
Septiembre fue benévolo todavía, pero octubre empezaba a golpear cada vez más fuerte. La temperatura suave dejó paso sin previo aviso al agua y allí, en medio de la lluvia, aprendió a negociar las miradas que notaba clavadas en su espalda mientras ella, como podía, se inclinaba hacia el interior de aquellos pequeños contenedores verdes y de puntillas, con una mano en el borde y la otra entre las bolsas, buscaba. El centro le obligaba a salir más tarde, a retrasar la batida. Arrastraba sobre sus pies sus setenta años de arrugas y tiraba hacia delante del dolor que le devolvían sus huesos para recorrer las estrechas calles peatonales entre la plaza Mayor y el tañido de la campana de la catedral en busca de aquellos cubos que los porteros sacaban a última hora de la tarde y las familias llenaban con sus bolsas tiempo después, acabada la cena. El corazón de la fruta sin apurar, las esquinas de un filete que no había sido comido por completo, yogures con demasiado líquido, cosas pasadas de fecha. Todo lo que encontraba lo echaba en aquel carro de cuadros escoceses que parecía llevar con ella toda la vida. Después, en casa, revisaba lo recogido.
No era por ella, era por él. Sabe dios, y cada vez que pensaba en ello se santiguaba, que no le guardaba rencor a su hija, pero no podría perdonarle el que se hubiera marchado dejando allí al muchacho. Podían haberse ido los dos, deseaba a menudo, pero lo cierto es que una mañana ella ya se había ido y allí estaba su nieto, recién levantado, con cara de no saber. Dejarlo en aquella casa fue como dejarlo a la intemperie, no sólo por el frío que hacía siempre entre las paredes de aquel enorme caserón, sino por la falta de todo menos de miseria que se respiraba en sus alfombras. Al principio vendió todo lo que pudo y empeñó lo que no le hacía falta, pero no llegaban. Ya era difícil sostenerse sola con la pequeña pensión de viudedad. '¿No ha trabajado usted nunca?', le había preguntado el joven que tecleaba detrás de la mesa a la que ella, con el bolso en las rodillas y bien agarrado con las dos manos, se había acercado para preguntar. 'Toda mi vida, como una mula', le dijo, 'en mi casa'. El chico le dijo que lo sentía. Pero la compasión, verá usted, no se come.
Aquella noche abrió uno de los yogures rescatados de la basura uno de los dias anteriores y agitó con la cuchara el caldo para que se perdiera entre el contenido. Se metió una cucharada a la boca y notó el sabor un poco agrio que se le pegaba al paladar. Se obligó a tragar y aceleró el ritmo de las cucharadas para tratar de retener el menor tiempo posible el yogur en la boca, y tragó lo más deprisa que supo. Se puso sobre la camisa negra una rebeca del mismo color y salió, renqueante, a la calle, arrastrando el carro de la compra. Media hora después, bajo la luz verde intermitente de una farmacia, se encontraba ya encorvada, de puntillas, hurgando en el cubo.
Oculta como estaba, con la mitad del cuerpo casi dentro del contenedor, no se le veía la cara, pero a él no le hizo falta. Desde lejos, y a pesar de las conversaciones de sus amigos, distinguió la silueta que casi se tragaba el cubo. Conoció a su abuela por las zapatillas, por la figura y por el carro que siempre aguardaba detrás de la puerta de la entrada. Mientras el resto empezaba a concentrar su atención en la señora que buscaba en la basura y a susurrar entre ellos, él aceleró el paso, callado, y se marchó sin despedirse, sin alzar la cabeza. Sin dar un último vistazo. Si ella salió en ese momento y lo vio, no lo sabe. Poco le importaba. Sólo pensaba en llegar a casa y meterse bajo la manta.
Le recibió el eterno frío de la casa vieja. Le dio un escalofrío al entrar que apartó como pudo, pero no pudo reprimir el temblor cuando encontró sobre la mesa un batido y una manzana. Buscó en el pequeño envase de cartón y vio que estaba pasado de fecha, pero lo agitó con ganas, clavó la pajita y se lo bebió. Después buscó un cuchillo en la cocina y retiró las partes podridas de la manzana antes de devorarla casi hasta el corazón. No dejó nada salvo las pepitas. Cuando volvió a la cocina a tirar las cosas vio en el fregadero la solitaria cuchara, y en la bolsa de basura encontró el yogur. Se fue a la cama.
No había pasado una hora cuando la puerta se abrió de nuevo y la abuela entró arrastrando los pies, mitad por el cansancio mitad por no hacer ruido, tirando de aquel carro de cuadros. Él se hizo el dormido. Ella se afanó un rato en la cocina guardando esto y lo otro, y dejó entrever una leve sonrisa cuando encontró el cuchillo junto a la cuchara. Los fregó sin ganas y antes de ir hacia su habitación apagando luces llenó un vaso de agua del grifo que le acompañó en el recorrido por pasillos y habitaciones hasta el borde de la cama. Lo dejó en la mesita y se desvistió despacio, a pesar de que el frío empezaba a calar en los huesos. Se puso el camisón y abrió la colcha, dispuesta a meterse. Antes de apagar la luz se bebió el vaso de un trago y se tumbó deprisa. Se arropó, y cerró los ojos y dejó que el agua apagara el pinchazo sordo del hambre que le retumbaba por todo el vientre. Y durmió, agotada como estaba.  

jueves, 25 de agosto de 2016

38 baldosas

Si el miedo fuera un lugar, sería un pequeño pasillo en la primera planta de un hospital antiguo con las paredes pintadas de azul y blanco, con un suelo amarillento que siempre parece ligeramente descuidado. Si el miedo fuera una sensación, sería el frío perenne de un espacio en el que convergen un montón de historias anónimas en su conjunto pero bien clasificadas en nombres y apellidos, en boxes y camas, en estadillos coronados por una enfermedad y que detallan en varias hojas historiales y tratamientos. Si el miedo fuera un olor, sería el del desinfectante de manos que cuelga por todas partes, el que emana de esos botes de líquido azul cuya fragancia te acompaña el resto del día hagas lo que hagas y toques lo que toques, porque parece hecho para recordarte que hay alguien que falta. Si el miedo fuera un periodo de tiempo, sería de 32 días, poco más de un mes. Si el miedo fuera una distancia, sería de 38 baldosas.
En los últimos minutos, en aquel pequeño universo que construyen todas las pérdidas que se amontonan en ese pasillo han pasado muchas cosas. Primero, un murmullo rompió la quietud que adornaba la estancia que da paso a la unidad de cuidados intensivos; conversaciones engarzadas que con el paso de los segundos fueron subiendo de intensidad. Las voces destrozaron la calma en la primera planta del viejo hospital antes de que alguien, siguiendo la partitura de todos los días, chistara para conseguir un poco de silencio. Obedientes, los diálogos se apagaron y casi todos miraron con disimulo el reloj antes de dar un paso hacia delante y situarse un poco más cerca de las puertas metálicas que siempre se abrían un poco después de lo debido, y se cerraban sin excepción siempre antes de lo deseado. En el intervalo que dura el segundo silencio hasta que las voces vuelven a alzar el vuelo, el ritual diario establece que toca levantar la vista del suelo para identificar al extraño en aquel pasillo de 38 baldosas y tratar de adivinar su historia a través de sus gestos. Hay maridos sin mujeres e hijos sin padres o madres, pero también hay padres y madres sin hijos y amigos y amigas sin otro al que abrazar.
Es domingo y todas las caras del pasillo son conocidas. Allí está el hombretón del pantalón corto y el sombrero que siempre llega solo, treinta minutos antes de la hora señalada, y se marcha solo después de ajustarse de nuevo el sombrero de tela que ha guardado cuidadosamente en la pequeña mochila que le cuelga de la espalda. Está la mujer que se apoya sobre dos muletas y que entra a menudo de las primeras, para apartarse poco después en el pasillo y dejar que el resto gane con prisa las habitaciones, mientras ella avanza con una calma y una serenidad a la fuerza impuestas. Hay una familia coja por una pata que viene a visitar a la madre que falta, nietos que van en busca de la abuela y hermanos que se resignan a esperar el tiempo que haga falta para reunirse de nuevo con alguien demasiado joven para estar allí. Hay gente de todas las edades y de varias nacionalidades, en una espera compartida difícil de digerir. Y entre todos ellos, un paso más atrás, hay hoy, apoyado en la pared, un hombre que no ha levantado la vista del suelo, concentrado como está en lo que viene a continuación.
No se mueve pero está nervioso, apenas habla con nadie por miedo a que le tiemble la voz. En un espacio que hoy no ofrece ninguna cara desconocida, su semblante es la única novedad para una tropa ávida de esperanza. Hace veinte días que se unió al grupo en medio de un mar de miradas extrañas que después le acogieron con una familiaridad nada fingida en un espacio en el que la compañía de otros es más que necesaria. En esos veinte días ha ido menguando poquito a poquito, su voz se volvía más grave y su mirada más baja, y su caminar decidido apenas ha servido para disimular que la camisa le estaba cada vez más grande, y que cada noche, tras una cena frugal, cogía las tijeras y usaba la punta para hacerle un nuevo agujero al cinturón, que casi le daba ya una segunda vuelta. En esos veinte días ha ofrecido siempre una fotografía de viajero cansado, con la camisa arrugada de los kilómetros en coche y la mirada vacía de quien mira sin ver pasar del todo la carretera. Peregrino cubierto del polvo de una vida que se resquebrajaba.
Hoy es un día distinto. Todos se han percatado pero casi nadie se lo ha dicho. Aquel hombre que llegó derruido había apilado con orgullo los cascotes y lucía distinto apoyado en la pared: una camisa pulcramente planchada con tonos azules y blancos, más alegre; pantalones recién estrenados y el rastro de quien en medio de los nervios se ha derramado encima medio frasco de colonia. Alejado de aquel lugar, se diría que es un hombre que aguarda nervioso la llegada de una mujer a la entrada de la feria, con las ansias de la primera vez. En ese pasillo es un hombre más, pero distinto, de los que esperan a que la UCI se abra y la enfermera les haga pasar. Cuando eso ocurre, no avanza como de costumbre para colocarse en los primeros lugares como hace cada día, a pesar de que el nombre que espera es siempre uno de los últimos que se pronuncia. Hoy aguarda recostado sobre la pared, con las manos en los bolsillos para que nadie vea que tiene los dedos apretados de puro nervio, y que no puede esperar más. Cuando atraviesa las puertas metálicas y se detiene ante los pequeños botes con líquido desinfectante, las manos le tiemblan, pero ya no las puede esconder más. Avanza hasta el final del pasillo y gira a la derecha en la última de las estancias. Se detiene un poco ante la cama, desde la distancia, y avanza con una impostada seguridad.
Se ven casi a un tiempo. Ella ha abierto los ojos y le ve llegar a la cama al tiempo que él ve cómo ella despierta. Le tiemblan un poco las piernas y se apoya en la cama como siempre, pero esta vez es una necesidad. Se sostiene agarrado a la cama. Ambos sonríen y el pulso de ella se acelera. Rodea la cama y le pasa la mano suave por la frente antes de hablarle e iniciar media hora que, por primera vez en las últimas tres semanas, se va a hacer corta de verdad.
Los primeros treinta minutos de luz tras una veintena de días en coma.
Media hora después, una enfermera recorre los boxes pidiendo a la visitas que salgan. Él se acerca a la cama y la besa en la mejilla, la acaricia una vez más y se marcha, tras despedirse, forzándose a no mirar atrás. Cuando gana el pasillo yo, que he asistido a toda la escena en silencio, me sitúo al otro lado de la cama, junto a ella, y después de besarla le digo “está guapo, ¿verdad?”. Mi madre reúne todas las fuerzas que tiene y asiente con la cabeza, y le digo que descanse y duerma.
Cuando llego al pasillo mi padre me está esperando con las manos en los bolsillos y con una ilusión que por primera vez en muchos días le ha vuelto a la mirada.
-Hoy se me ha hecho corta la visita-, me confiesa.
-Dice que estás muy guapo.
Miro de reojo cómo se ruboriza y se emociona a partes iguales.
-Ella también está muy guapa-, me dice, y salimos juntos al pasillo de 38 baldosas.  

viernes, 15 de julio de 2016

Tienes que subir

Me gusta pensar que duermes.
Que hace días que descansas después de llevar toda una vida tirando de nosotros, siempre hacia delante, sin dejarnos caer en ningún momento.
Qué sólo necesitas unos minutos más con los ojos cerrados para volver a estar ahí, detrás de todo lo que hacemos, llenando los huecos que no acertamos a completar.
Sólo eso. Unos minutos más y todo volverá a ser como antes.
Y que nos escuchas. Me gusta pensar que nos escuchas.
Que sabes que a Darío le ha salido otro diente, que saca la lengua cuando quiere que le des helado y que se guarda comida en el interior de las mejillas para poder probar todo cuanto hay en los platos.
Que escuchas a Vito leerte los cuentos que te regalé cuando me dijiste que querías volver a leer y no sabías por donde empezar.
Que volveremos a hablar de 'Derrotas' y no nos parecerá un libro tan triste, al fin y al cabo.
Que nos oyes mandarte fuerza.
Que me escuchaste decirte muy bajito que no me dejaras solo, y me pareció que llorabas.
Me gusta pensar que duermes, pero tienes que despertar.
Desde hace unos días papá repite siempre unas palabras malditas que hace poco no sabía ni pronunciar.
Nos las han cosido a todos y duele cada puntada, tanto que necesitamos tirar del hilo y sangrar un poco todos para que no sea tuya toda la herida.
Que sea compartida, porque sabemos que si pudieras evitar que nos doliera la querrías para ti toda.
Y no.
Así no, ahora no.
Entre todos seguro que la podemos cerrar.
Joder mamá, si sólo era un dolor de cabeza.
Me falta el mensaje a media tarde preguntándome qué tal me va el día, la conversación sin venir a cuento para ver qué voy a comer.
El otro día me fui de casa y no había nadie en la puerta a quien saludar desde el coche.
Me falta la última persona que veo cuando me voy y la primera que me busca cuando sabe que vuelvo.
Me faltas.
Te echo de menos.
Y odio el olor del hospital y de ese estúpido desinfectante para manos.
Sé que ahora mismo todo cuanto ves a tu alrededor es un mar oscuro, pero tienes que seguir nadando. Olvídate de todo lo que pesa y te lleva empuja hacia el fondo. Si los recuerdos no te dejan subir, suéltalos; arriba estamos todos para dibujarlos de nuevo. Mojados un poco, como tú, pero sedientos.
Nada, no te rindas.
Tienes que subir.

Arriba, en la superficie, te estamos todos esperando.  

martes, 14 de junio de 2016

El primer dolor

Que el primer dolor se convierte con el tiempo en un arañazo dulce lo aprendí aquella noche tardía de verano en que la vi caminar hacia mí desde el fondo de aquella calle adoquinada. Llegaba cinco minutos tarde pero avanzaba despacio, como si a cada paso se concediera la oportunidad de echarse atrás y marcharse por donde había venido. Yo esperaba de pie, quieto y con las manos en los bolsillos, que es como me han pillado siempre las mejores cosas que me han ocurrido en esta vida. La chica que caminaba hacia mí había sido tiempo atrás el amor primero, ése en el que todo se exagera y cuyo recuerdo siempre vuelve amortiguado, y aunque tenue, roza el presente y el tintineo de ambos al chocar dibuja en el rostro una leve sonrisa. Nos habíamos dicho que sí una noche de diciembre como se hacen las cosas para las que no tienes edad, a través de intermediarios, y en el momento de reunirnos la primera vez alejados del grupo descubrimos que no teníamos nada que contarnos. En ese tiempo en el que madurar significaba ir ya al instituto ella era menuda, y caminaba siempre subida a unas plataformas que exageraban sus pies al final de dos piernas delgadas que al avanzar arrastraban siempre la suela de unos zapatos demasiado pesados. Yo era un crío que jugaba a ser hombre y que se pasaba más de media vida en chándal, ruborizado aún todas las veces que al caminar notaba su mano entrelazándose con la mía y que acostumbraba cada mañana a asomarse al balcón de su pupitre para verla sobre la mesa, el pelo a ambos lados de la cara, y empaparme unos instantes de su mirada. Aquello que empezó como un juego y acabó de la peor manera volvía ahora con un sabor distinto, y cuando en medio de la oscuridad del rincón clandestino que habíamos improvisado para este nuevo encuentro empecé a dibujar sus rasgos al pasar bajo la escasa luz que nos concedían las farolas, decidí sonreír un poco exageradamente para tratar que así ella no se detuviera.
Había pasado toda la tarde pensando lo poco que sabía de ella en los últimos meses, y construyendo un relato de mi vida lo bastante interesante para hacerla creer que me estaba convirtiendo en aquello que un día prometí que sería, por si me preguntaba. El discurso se borró de mi memoria de golpe y apareció en su lugar el parque del pueblo, del que cambiaron las entrañas para aparentar que seguía con la misma piel, y el banco de las primeras veces. El de la primera vez que me besó, una mañana en la que debíamos estar en clase. El de la primera vez que la besé, dos días después. En el que nos buscábamos con los ojos cerrados y nos encontrábamos con las bocas abiertas creyendo que sabíamos, sin saber; aprendiendo sobre la marcha. Habían pasado ya unos años de aquello y allí estábamos los dos, junto al colegio en el que me crié y al lado de un pequeño parque demasiado nuevo para fingir que también fue mío, en una calle adoquinada y mal iluminada, encontrándonos de nuevo. Llegó a mi altura y sonrió, deteniéndose a dos pasos de mí. Nos dijimos hola casi a la vez y sin que ninguno lo hubiera planeado nos fundimos en un abrazo.
Que la profundidad del discurso que me había preparado había desaparecido por completo quedó claro en cuanto hablé, y tan sólo acerté a decirle que tenía el pelo mojado. Los años habían dejado atrás las plataformas y el chándal y ahora éramos dos jóvenes que dejaban en el camino las huellas de sus zapatillas, y en medio de ese abrazo que ninguno queríamos romper noté su pelo en la mejilla. Se acababa de duchar, me dijo, y no le había dado tiempo a secárselo. Nos separamos, nos miramos y nos sentamos juntos en el escalón de una de las puertas de entrada al colegio para tratar de relatarnos ordenadamente nuestras vidas.
Pasaron dos horas hasta que la noche se nos fue, y apenas recuerdo nada de lo que hablamos. Era la chica de antes con el pelo mojado entornando unos ojos claros que envolvían, pero tenía dos años más en la mirada. Había en su voz un deje de tranquilidad que antes no tenía, y espero que el tiempo también hubiera servido para que al hablarle de mí yo no tartamudeara. En aquel escalón dejamos algún recuerdo pero ningún reproche, y cuando nos levantamos y caminamos juntos hacia su casa la noche había servido para que yo coleccionara alguna de mis primeras certezas en el camino a recorrer para hacerme mayor.

La primera, que ya rara vez me ponía un chándal.

La segunda, que el primer dolor regresa siempre amortiguado, convertido en un arañazo dulce.


En la esquina de su calle nos plantamos uno frente al otro, ella en la acera y yo un palmo por debajo en la calzada. Después de dos despedidas y un beso suave en la mejilla, decidí que no quería llegar tarde en esta segunda vez y fui yo quien la besé. Medí ese segundo primer beso con los recuerdos de las otras veces y hubo algo distinto en los dos, unos años de más tal vez. Nos despedimos de nuevo y la vi caminar unos pasos antes de marcharme. No había vuelto la primera esquina cuando noté algo en la mejilla, un pequeño roce de humedad. Me pasé la mano despacio y sonreí al darme cuenta que aquella noche, como siempre, era ella la que me había besado por primera vez.