martes, 12 de septiembre de 2017

Ausencia

Cerró la puerta con todo el cuidado que pudo y giró sobre sí misma para quedar de frente al pasillo, largo y estrecho, al que vertían como afluentes todas las habitaciones. Antes de dar un paso se quitó los zapatos de tacón y los dejó a un lado, para no hacer ruido, y mientras caminaba sin saber muy bien hacia dónde sintió sobre la palma de la mano el peso de las llaves. Sus llaves. Las que le tenía que haber devuelto hace tiempo pero que seguían en su poder. Esas llaves fueron en su momento el punto de inicio de una vida en común que se fue diluyendo con el tiempo hasta que los planes acabaron engullidos por el tedio y la relación se rompió poco a poco, como todas las cosas que no están hechas para durar. No fue una explosión la que dinamitó el camino que ambos andaban sino pequeñas grietas que volvían los pasos cada vez más inestables, hasta que del calor inicial sólo quedaron rescoldos y del fuego que fue nació una amistad tibia que guardaba, no obstante, un poso de cariño indeleble. Por eso le golpeó tan fuerte la noticia de su enfermedad. Por eso, quizá, se resistía a devolverle las llaves, también porque él no se las había pedido, por miedo a que ese gesto supusiera un cerrojo definitivo a aquello que fue.

Y ahora él ya no estaba.

Paseó por toda la casa buscando restos de su ausencia. Huellas de una pérdida que estaba empezando a asumir por más que fuera un vacío lejano, un ligero temblor más que un terremoto. Caminó por el pasillo y repasó con el dedo algunos muebles, dejando un rastro de color entre la pequeña pátina de polvo que empezaba a acumularse en aquellas superficies. No quería dejar ninguna pista de su paso por el piso pero no lo pudo evitar. Apenas se detuvo en la cocina el tiempo justo para abrir la nevera y encontrar el testimonio de una vida de paso. Un cartón de leche que llevaba abierto demasiado tiempo, algunas botellas de agua. Pan, embutido, salsa para la pasta. Una lata de atún abierta, el contenido ya seco. Algo de fruta, plátanos demasiado maduros. La cerró y dejó todo como estaba, resistiendo la tentación de tirar aquello que ya no servía. Llegó hasta la habitación y vio una escena familiar pese al tiempo: la cama deshecha, la sábana arrugada en la parte baja del colchón, a los pies; el pijama debajo de la almohada. Lo recuperó durante un instante y las prendas frías le devolvieron su olor algunos segundos.

Contuvo como pudo las lágrimas.

Enfiló el pasillo de nuevo en dirección a la puerta, sin querer profanar más un vacío que no le correspondía, pero no pudo resistir la tentación de llegar hasta el salón. Sobre la mesa había unas cuartillas a medio escribir que hojeó durante unos instantes. Reflexiones duras, letras que supuraban fiebre escritas en las noches en las que la memoria era ya una cicatriz que no dejaba de sangrar. Recuerdos deformados por el dolor, nombres inventados, algunos retazos de la suya y de otras historias de las que, en un gesto furioso y postrero, pareció quererse desprender. Las dejó todas ahí, no se guardó ninguna. Un sofá huérfano de cojines y un sillón que acunaba en uno de sus brazos un libro a medio leer. Ahí estaba, desafiante, con el marcapáginas asomando para trazar el punto en el que se quedó y ya nunca retomará. El final prematuro a una historia que, quién sabe, le estaba gustando o aburriendo, apasionando o aletargando en las últimas noches. Y una pregunta brotaba de aquella frontera entre las páginas, y llegó directa a su frente sin que nada pudiera amortiguarla. ¿Debía dejar el marcapáginas ahí?

Dejarlo era subrayar todo lo que su ausencia dejó inacabado. Una historia que ya no continuará pese a tener un final, un libro que quizá nadie más lea para no mover ese marcador que, sin saberlo, convirtió un punto y seguido en un punto y final.

Retirarlo del libro sería borrar uno de sus últimos rastros. Hacer correr el agua para que se lleve las huellas sobre la arena, disipar de un manotazo el humo de la última calada. Poner fin a algo que no debió terminar. No así, tan pronto.

Sostuvo el libro unos minutos en sus manos antes de dejarlo de nuevo sobre el sillón, donde lo había encontrado. Quitar el marcapáginas era un gesto de intimidad que no le correspondía. No a ella, no en ese momento. Lo dejó donde estaba pero lo empujó un poco hacia dentro, para que asomara apenas el filo sobre las páginas que dividía, para que esa frontera no fuera tan evidente y ese punto y final no resultara tan grosero. Caminó por el pasillo hacia la salida y antes de abrir la puerta dejó las llaves sobre la consola que había a la entrada, junto a un foto en la que él sonreía. La sostuvo unos segundos en las manos y la miró fijamente, y se le escapó una pequeña sonrisa también a ella. Recogió los zapatos del suelo y sin ponérselos abrió la puerta y salió al rellano, cerrando con cuidado tras de sí.


Cuando el ascensor llegó a la planta baja aún iba descalza. Todavía lloraba.   

jueves, 20 de octubre de 2016

El pinchazo del hambre

Es ahora, en el ocaso de su vida, cuando ha descubierto que no hay mayor fiereza que la del hambre. Que la carencia es un territorio hostil. Que no hay aliados en la necesidad. Por eso, subida en unas zapatillas raídas, negras como la noche y como las prendas que la tapan, se ha desviado hacia calles más concurridas de gente pero más alejadas de los supermercados y tiendas de comestibles por las que peregrina cada noche con un carro de la compra que vuelve siempre lleno de nada. Las primeras veces merodeó por los cubos repletos junto a las grandes superficies, y aunque tuvo que conformarse con aquello que los demás desechaban, que no era mucho, siempre le pareció bastante. No hay gota de agua que en el desierto no colme el vaso de la sed. Las últimas veces, los cubos ya no bastaban, y entre los gatos callejeros de cada noche volvieron a aparecer las uñas. Magullada por haber sido arrojada al suelo entre el tumulto, con un rastro de sangre seca en la rodilla y nada más que tela sobre las ruedas que arrastraba, volvió a casa una noche decidida a cambiar de lugar para no volver a enfrentarse a esos colmillos que, aun compartiendo su necesidad, le doblaban en fuerza. Se alejó de supermercados y envuelta en el luto perenne de una ausencia nunca asumida, se echó a las calles del centro con la esperanza de encontrar en esos cubos lo que la vida le negaba.
Septiembre fue benévolo todavía, pero octubre empezaba a golpear cada vez más fuerte. La temperatura suave dejó paso sin previo aviso al agua y allí, en medio de la lluvia, aprendió a negociar las miradas que notaba clavadas en su espalda mientras ella, como podía, se inclinaba hacia el interior de aquellos pequeños contenedores verdes y de puntillas, con una mano en el borde y la otra entre las bolsas, buscaba. El centro le obligaba a salir más tarde, a retrasar la batida. Arrastraba sobre sus pies sus setenta años de arrugas y tiraba hacia delante del dolor que le devolvían sus huesos para recorrer las estrechas calles peatonales entre la plaza Mayor y el tañido de la campana de la catedral en busca de aquellos cubos que los porteros sacaban a última hora de la tarde y las familias llenaban con sus bolsas tiempo después, acabada la cena. El corazón de la fruta sin apurar, las esquinas de un filete que no había sido comido por completo, yogures con demasiado líquido, cosas pasadas de fecha. Todo lo que encontraba lo echaba en aquel carro de cuadros escoceses que parecía llevar con ella toda la vida. Después, en casa, revisaba lo recogido.
No era por ella, era por él. Sabe dios, y cada vez que pensaba en ello se santiguaba, que no le guardaba rencor a su hija, pero no podría perdonarle el que se hubiera marchado dejando allí al muchacho. Podían haberse ido los dos, deseaba a menudo, pero lo cierto es que una mañana ella ya se había ido y allí estaba su nieto, recién levantado, con cara de no saber. Dejarlo en aquella casa fue como dejarlo a la intemperie, no sólo por el frío que hacía siempre entre las paredes de aquel enorme caserón, sino por la falta de todo menos de miseria que se respiraba en sus alfombras. Al principio vendió todo lo que pudo y empeñó lo que no le hacía falta, pero no llegaban. Ya era difícil sostenerse sola con la pequeña pensión de viudedad. '¿No ha trabajado usted nunca?', le había preguntado el joven que tecleaba detrás de la mesa a la que ella, con el bolso en las rodillas y bien agarrado con las dos manos, se había acercado para preguntar. 'Toda mi vida, como una mula', le dijo, 'en mi casa'. El chico le dijo que lo sentía. Pero la compasión, verá usted, no se come.
Aquella noche abrió uno de los yogures rescatados de la basura uno de los dias anteriores y agitó con la cuchara el caldo para que se perdiera entre el contenido. Se metió una cucharada a la boca y notó el sabor un poco agrio que se le pegaba al paladar. Se obligó a tragar y aceleró el ritmo de las cucharadas para tratar de retener el menor tiempo posible el yogur en la boca, y tragó lo más deprisa que supo. Se puso sobre la camisa negra una rebeca del mismo color y salió, renqueante, a la calle, arrastrando el carro de la compra. Media hora después, bajo la luz verde intermitente de una farmacia, se encontraba ya encorvada, de puntillas, hurgando en el cubo.
Oculta como estaba, con la mitad del cuerpo casi dentro del contenedor, no se le veía la cara, pero a él no le hizo falta. Desde lejos, y a pesar de las conversaciones de sus amigos, distinguió la silueta que casi se tragaba el cubo. Conoció a su abuela por las zapatillas, por la figura y por el carro que siempre aguardaba detrás de la puerta de la entrada. Mientras el resto empezaba a concentrar su atención en la señora que buscaba en la basura y a susurrar entre ellos, él aceleró el paso, callado, y se marchó sin despedirse, sin alzar la cabeza. Sin dar un último vistazo. Si ella salió en ese momento y lo vio, no lo sabe. Poco le importaba. Sólo pensaba en llegar a casa y meterse bajo la manta.
Le recibió el eterno frío de la casa vieja. Le dio un escalofrío al entrar que apartó como pudo, pero no pudo reprimir el temblor cuando encontró sobre la mesa un batido y una manzana. Buscó en el pequeño envase de cartón y vio que estaba pasado de fecha, pero lo agitó con ganas, clavó la pajita y se lo bebió. Después buscó un cuchillo en la cocina y retiró las partes podridas de la manzana antes de devorarla casi hasta el corazón. No dejó nada salvo las pepitas. Cuando volvió a la cocina a tirar las cosas vio en el fregadero la solitaria cuchara, y en la bolsa de basura encontró el yogur. Se fue a la cama.
No había pasado una hora cuando la puerta se abrió de nuevo y la abuela entró arrastrando los pies, mitad por el cansancio mitad por no hacer ruido, tirando de aquel carro de cuadros. Él se hizo el dormido. Ella se afanó un rato en la cocina guardando esto y lo otro, y dejó entrever una leve sonrisa cuando encontró el cuchillo junto a la cuchara. Los fregó sin ganas y antes de ir hacia su habitación apagando luces llenó un vaso de agua del grifo que le acompañó en el recorrido por pasillos y habitaciones hasta el borde de la cama. Lo dejó en la mesita y se desvistió despacio, a pesar de que el frío empezaba a calar en los huesos. Se puso el camisón y abrió la colcha, dispuesta a meterse. Antes de apagar la luz se bebió el vaso de un trago y se tumbó deprisa. Se arropó, y cerró los ojos y dejó que el agua apagara el pinchazo sordo del hambre que le retumbaba por todo el vientre. Y durmió, agotada como estaba.  

jueves, 25 de agosto de 2016

38 baldosas

Si el miedo fuera un lugar, sería un pequeño pasillo en la primera planta de un hospital antiguo con las paredes pintadas de azul y blanco, con un suelo amarillento que siempre parece ligeramente descuidado. Si el miedo fuera una sensación, sería el frío perenne de un espacio en el que convergen un montón de historias anónimas en su conjunto pero bien clasificadas en nombres y apellidos, en boxes y camas, en estadillos coronados por una enfermedad y que detallan en varias hojas historiales y tratamientos. Si el miedo fuera un olor, sería el del desinfectante de manos que cuelga por todas partes, el que emana de esos botes de líquido azul cuya fragancia te acompaña el resto del día hagas lo que hagas y toques lo que toques, porque parece hecho para recordarte que hay alguien que falta. Si el miedo fuera un periodo de tiempo, sería de 32 días, poco más de un mes. Si el miedo fuera una distancia, sería de 38 baldosas.
En los últimos minutos, en aquel pequeño universo que construyen todas las pérdidas que se amontonan en ese pasillo han pasado muchas cosas. Primero, un murmullo rompió la quietud que adornaba la estancia que da paso a la unidad de cuidados intensivos; conversaciones engarzadas que con el paso de los segundos fueron subiendo de intensidad. Las voces destrozaron la calma en la primera planta del viejo hospital antes de que alguien, siguiendo la partitura de todos los días, chistara para conseguir un poco de silencio. Obedientes, los diálogos se apagaron y casi todos miraron con disimulo el reloj antes de dar un paso hacia delante y situarse un poco más cerca de las puertas metálicas que siempre se abrían un poco después de lo debido, y se cerraban sin excepción siempre antes de lo deseado. En el intervalo que dura el segundo silencio hasta que las voces vuelven a alzar el vuelo, el ritual diario establece que toca levantar la vista del suelo para identificar al extraño en aquel pasillo de 38 baldosas y tratar de adivinar su historia a través de sus gestos. Hay maridos sin mujeres e hijos sin padres o madres, pero también hay padres y madres sin hijos y amigos y amigas sin otro al que abrazar.
Es domingo y todas las caras del pasillo son conocidas. Allí está el hombretón del pantalón corto y el sombrero que siempre llega solo, treinta minutos antes de la hora señalada, y se marcha solo después de ajustarse de nuevo el sombrero de tela que ha guardado cuidadosamente en la pequeña mochila que le cuelga de la espalda. Está la mujer que se apoya sobre dos muletas y que entra a menudo de las primeras, para apartarse poco después en el pasillo y dejar que el resto gane con prisa las habitaciones, mientras ella avanza con una calma y una serenidad a la fuerza impuestas. Hay una familia coja por una pata que viene a visitar a la madre que falta, nietos que van en busca de la abuela y hermanos que se resignan a esperar el tiempo que haga falta para reunirse de nuevo con alguien demasiado joven para estar allí. Hay gente de todas las edades y de varias nacionalidades, en una espera compartida difícil de digerir. Y entre todos ellos, un paso más atrás, hay hoy, apoyado en la pared, un hombre que no ha levantado la vista del suelo, concentrado como está en lo que viene a continuación.
No se mueve pero está nervioso, apenas habla con nadie por miedo a que le tiemble la voz. En un espacio que hoy no ofrece ninguna cara desconocida, su semblante es la única novedad para una tropa ávida de esperanza. Hace veinte días que se unió al grupo en medio de un mar de miradas extrañas que después le acogieron con una familiaridad nada fingida en un espacio en el que la compañía de otros es más que necesaria. En esos veinte días ha ido menguando poquito a poquito, su voz se volvía más grave y su mirada más baja, y su caminar decidido apenas ha servido para disimular que la camisa le estaba cada vez más grande, y que cada noche, tras una cena frugal, cogía las tijeras y usaba la punta para hacerle un nuevo agujero al cinturón, que casi le daba ya una segunda vuelta. En esos veinte días ha ofrecido siempre una fotografía de viajero cansado, con la camisa arrugada de los kilómetros en coche y la mirada vacía de quien mira sin ver pasar del todo la carretera. Peregrino cubierto del polvo de una vida que se resquebrajaba.
Hoy es un día distinto. Todos se han percatado pero casi nadie se lo ha dicho. Aquel hombre que llegó derruido había apilado con orgullo los cascotes y lucía distinto apoyado en la pared: una camisa pulcramente planchada con tonos azules y blancos, más alegre; pantalones recién estrenados y el rastro de quien en medio de los nervios se ha derramado encima medio frasco de colonia. Alejado de aquel lugar, se diría que es un hombre que aguarda nervioso la llegada de una mujer a la entrada de la feria, con las ansias de la primera vez. En ese pasillo es un hombre más, pero distinto, de los que esperan a que la UCI se abra y la enfermera les haga pasar. Cuando eso ocurre, no avanza como de costumbre para colocarse en los primeros lugares como hace cada día, a pesar de que el nombre que espera es siempre uno de los últimos que se pronuncia. Hoy aguarda recostado sobre la pared, con las manos en los bolsillos para que nadie vea que tiene los dedos apretados de puro nervio, y que no puede esperar más. Cuando atraviesa las puertas metálicas y se detiene ante los pequeños botes con líquido desinfectante, las manos le tiemblan, pero ya no las puede esconder más. Avanza hasta el final del pasillo y gira a la derecha en la última de las estancias. Se detiene un poco ante la cama, desde la distancia, y avanza con una impostada seguridad.
Se ven casi a un tiempo. Ella ha abierto los ojos y le ve llegar a la cama al tiempo que él ve cómo ella despierta. Le tiemblan un poco las piernas y se apoya en la cama como siempre, pero esta vez es una necesidad. Se sostiene agarrado a la cama. Ambos sonríen y el pulso de ella se acelera. Rodea la cama y le pasa la mano suave por la frente antes de hablarle e iniciar media hora que, por primera vez en las últimas tres semanas, se va a hacer corta de verdad.
Los primeros treinta minutos de luz tras una veintena de días en coma.
Media hora después, una enfermera recorre los boxes pidiendo a la visitas que salgan. Él se acerca a la cama y la besa en la mejilla, la acaricia una vez más y se marcha, tras despedirse, forzándose a no mirar atrás. Cuando gana el pasillo yo, que he asistido a toda la escena en silencio, me sitúo al otro lado de la cama, junto a ella, y después de besarla le digo “está guapo, ¿verdad?”. Mi madre reúne todas las fuerzas que tiene y asiente con la cabeza, y le digo que descanse y duerma.
Cuando llego al pasillo mi padre me está esperando con las manos en los bolsillos y con una ilusión que por primera vez en muchos días le ha vuelto a la mirada.
-Hoy se me ha hecho corta la visita-, me confiesa.
-Dice que estás muy guapo.
Miro de reojo cómo se ruboriza y se emociona a partes iguales.
-Ella también está muy guapa-, me dice, y salimos juntos al pasillo de 38 baldosas.  

viernes, 15 de julio de 2016

Tienes que subir

Me gusta pensar que duermes.
Que hace días que descansas después de llevar toda una vida tirando de nosotros, siempre hacia delante, sin dejarnos caer en ningún momento.
Qué sólo necesitas unos minutos más con los ojos cerrados para volver a estar ahí, detrás de todo lo que hacemos, llenando los huecos que no acertamos a completar.
Sólo eso. Unos minutos más y todo volverá a ser como antes.
Y que nos escuchas. Me gusta pensar que nos escuchas.
Que sabes que a Darío le ha salido otro diente, que saca la lengua cuando quiere que le des helado y que se guarda comida en el interior de las mejillas para poder probar todo cuanto hay en los platos.
Que escuchas a Vito leerte los cuentos que te regalé cuando me dijiste que querías volver a leer y no sabías por donde empezar.
Que volveremos a hablar de 'Derrotas' y no nos parecerá un libro tan triste, al fin y al cabo.
Que nos oyes mandarte fuerza.
Que me escuchaste decirte muy bajito que no me dejaras solo, y me pareció que llorabas.
Me gusta pensar que duermes, pero tienes que despertar.
Desde hace unos días papá repite siempre unas palabras malditas que hace poco no sabía ni pronunciar.
Nos las han cosido a todos y duele cada puntada, tanto que necesitamos tirar del hilo y sangrar un poco todos para que no sea tuya toda la herida.
Que sea compartida, porque sabemos que si pudieras evitar que nos doliera la querrías para ti toda.
Y no.
Así no, ahora no.
Entre todos seguro que la podemos cerrar.
Joder mamá, si sólo era un dolor de cabeza.
Me falta el mensaje a media tarde preguntándome qué tal me va el día, la conversación sin venir a cuento para ver qué voy a comer.
El otro día me fui de casa y no había nadie en la puerta a quien saludar desde el coche.
Me falta la última persona que veo cuando me voy y la primera que me busca cuando sabe que vuelvo.
Me faltas.
Te echo de menos.
Y odio el olor del hospital y de ese estúpido desinfectante para manos.
Sé que ahora mismo todo cuanto ves a tu alrededor es un mar oscuro, pero tienes que seguir nadando. Olvídate de todo lo que pesa y te lleva empuja hacia el fondo. Si los recuerdos no te dejan subir, suéltalos; arriba estamos todos para dibujarlos de nuevo. Mojados un poco, como tú, pero sedientos.
Nada, no te rindas.
Tienes que subir.

Arriba, en la superficie, te estamos todos esperando.  

martes, 14 de junio de 2016

El primer dolor

Que el primer dolor se convierte con el tiempo en un arañazo dulce lo aprendí aquella noche tardía de verano en que la vi caminar hacia mí desde el fondo de aquella calle adoquinada. Llegaba cinco minutos tarde pero avanzaba despacio, como si a cada paso se concediera la oportunidad de echarse atrás y marcharse por donde había venido. Yo esperaba de pie, quieto y con las manos en los bolsillos, que es como me han pillado siempre las mejores cosas que me han ocurrido en esta vida. La chica que caminaba hacia mí había sido tiempo atrás el amor primero, ése en el que todo se exagera y cuyo recuerdo siempre vuelve amortiguado, y aunque tenue, roza el presente y el tintineo de ambos al chocar dibuja en el rostro una leve sonrisa. Nos habíamos dicho que sí una noche de diciembre como se hacen las cosas para las que no tienes edad, a través de intermediarios, y en el momento de reunirnos la primera vez alejados del grupo descubrimos que no teníamos nada que contarnos. En ese tiempo en el que madurar significaba ir ya al instituto ella era menuda, y caminaba siempre subida a unas plataformas que exageraban sus pies al final de dos piernas delgadas que al avanzar arrastraban siempre la suela de unos zapatos demasiado pesados. Yo era un crío que jugaba a ser hombre y que se pasaba más de media vida en chándal, ruborizado aún todas las veces que al caminar notaba su mano entrelazándose con la mía y que acostumbraba cada mañana a asomarse al balcón de su pupitre para verla sobre la mesa, el pelo a ambos lados de la cara, y empaparme unos instantes de su mirada. Aquello que empezó como un juego y acabó de la peor manera volvía ahora con un sabor distinto, y cuando en medio de la oscuridad del rincón clandestino que habíamos improvisado para este nuevo encuentro empecé a dibujar sus rasgos al pasar bajo la escasa luz que nos concedían las farolas, decidí sonreír un poco exageradamente para tratar que así ella no se detuviera.
Había pasado toda la tarde pensando lo poco que sabía de ella en los últimos meses, y construyendo un relato de mi vida lo bastante interesante para hacerla creer que me estaba convirtiendo en aquello que un día prometí que sería, por si me preguntaba. El discurso se borró de mi memoria de golpe y apareció en su lugar el parque del pueblo, del que cambiaron las entrañas para aparentar que seguía con la misma piel, y el banco de las primeras veces. El de la primera vez que me besó, una mañana en la que debíamos estar en clase. El de la primera vez que la besé, dos días después. En el que nos buscábamos con los ojos cerrados y nos encontrábamos con las bocas abiertas creyendo que sabíamos, sin saber; aprendiendo sobre la marcha. Habían pasado ya unos años de aquello y allí estábamos los dos, junto al colegio en el que me crié y al lado de un pequeño parque demasiado nuevo para fingir que también fue mío, en una calle adoquinada y mal iluminada, encontrándonos de nuevo. Llegó a mi altura y sonrió, deteniéndose a dos pasos de mí. Nos dijimos hola casi a la vez y sin que ninguno lo hubiera planeado nos fundimos en un abrazo.
Que la profundidad del discurso que me había preparado había desaparecido por completo quedó claro en cuanto hablé, y tan sólo acerté a decirle que tenía el pelo mojado. Los años habían dejado atrás las plataformas y el chándal y ahora éramos dos jóvenes que dejaban en el camino las huellas de sus zapatillas, y en medio de ese abrazo que ninguno queríamos romper noté su pelo en la mejilla. Se acababa de duchar, me dijo, y no le había dado tiempo a secárselo. Nos separamos, nos miramos y nos sentamos juntos en el escalón de una de las puertas de entrada al colegio para tratar de relatarnos ordenadamente nuestras vidas.
Pasaron dos horas hasta que la noche se nos fue, y apenas recuerdo nada de lo que hablamos. Era la chica de antes con el pelo mojado entornando unos ojos claros que envolvían, pero tenía dos años más en la mirada. Había en su voz un deje de tranquilidad que antes no tenía, y espero que el tiempo también hubiera servido para que al hablarle de mí yo no tartamudeara. En aquel escalón dejamos algún recuerdo pero ningún reproche, y cuando nos levantamos y caminamos juntos hacia su casa la noche había servido para que yo coleccionara alguna de mis primeras certezas en el camino a recorrer para hacerme mayor.

La primera, que ya rara vez me ponía un chándal.

La segunda, que el primer dolor regresa siempre amortiguado, convertido en un arañazo dulce.


En la esquina de su calle nos plantamos uno frente al otro, ella en la acera y yo un palmo por debajo en la calzada. Después de dos despedidas y un beso suave en la mejilla, decidí que no quería llegar tarde en esta segunda vez y fui yo quien la besé. Medí ese segundo primer beso con los recuerdos de las otras veces y hubo algo distinto en los dos, unos años de más tal vez. Nos despedimos de nuevo y la vi caminar unos pasos antes de marcharme. No había vuelto la primera esquina cuando noté algo en la mejilla, un pequeño roce de humedad. Me pasé la mano despacio y sonreí al darme cuenta que aquella noche, como siempre, era ella la que me había besado por primera vez.  

lunes, 9 de mayo de 2016

El regreso

El tiempo había hecho palidecer el mapa de la memoria y los recuerdos volvían ahora en función de los sonidos, se coloreaban a partir del rastro que iban formando antiguas bandas sonoras. Hacía rato que había logrado abstraerse y dejar la mente en blanco, concentrado en el ruido que hacían sus botas avanzando sobre el camino de tierra, pero cuando le quedaban pocos metros para llegar imaginó el viejo puente de piedra antes incluso de verlo. El sol de mediados de mayo empezaba a bajar para tratar de ganar el refugio de la línea del horizonte, pero todavía se dejaba sentir sobre la tierra caliza de vides e iluminaba un pequeño campo de cereal. Notó el sudor recorriendo su frente por debajo de la tela de la gorra, y a pesar del calor tenía las manos frías cuando se las pasó por la cara para secarse. Terminó de remontar una pequeña loma en el camino de tierra y salió a la carretera, que discurría paralela, y tras mirar a un lado y a otro para cerciorarse de que no venía ningún vehículo cruzó un estrecho puente de obra antes de encontrarse, ahora sí, con el viejo puente de piedra. Se paró un momento a contemplarlo antes de bajar con cuidado por una de las laderas que protegían lo que un día fue el lecho del río, seco ya desde muchos años atrás, y se detuvo a contemplarlo de frente, a ver las líneas que formaban las grandes piedras sobre las que se asentaba la estructura. Cuando la tarde declinaba, la luz se derramaba sobre el puente con un tono anaranjado y daba la sensación que las piedras ardían de una forma silenciosa pero constante, y que se coloreaban a medida que en su interior se iba abriendo camino el fuego. Piso despacio sobre el lecho seco del río y se dejó mecer por todo lo que aquel lugar evocaba.
Hacía un par de meses que había vuelto al pueblo y había demorado ese instante hasta hoy, en parte porque en la vieja casa de la familia había mucho que hacer y en parte porque quería descubrir de nuevo aquel paraje tal y como lo recordaba, con ese atardecer de mayo que caía y aquellas piedras naranjas que parecían arder. Podía decirse que los vecinos se habían acostumbrado ya a su presencia y que las preguntas de frente se habían convertido ya en murmullos de lado, cuando después de años de ausencia volvió a la que un día fue su casa. Cuando le preguntaban no mentía, pero eso no significa que dijera siempre toda la verdad. Había vuelto quizá para quedarse, pero sobre todo porque necesitaba un lugar donde empezar de nuevo y donde empezar a limpiar el negro con el que se había teñido el pasado, y nada mejor que el pasado para volver a empezar. Volvió solo, como se fue, y eso evitó algunas preguntas y sobre todo algunas respuestas incómodas. Quien lo vio los primeros días le habló de sus padres y sus abuelos, y comentaron su intención de pintar y arreglar la vieja casa familiar porque, como decía, era el lugar en el que a partir de ahora iba a vivir. Ya había arreglado algunas cosas por dentro, había pintado habitaciones y reparado viejos muebles, había quitado el polvo de estancias que llevaban años cerradas y allí donde había sombras había colocado libros y una vieja máquina de escribir. Esperaba que pasaran las lluvias para pintar también el patio y la fachada, y estaba decidido a convertir el antiguo gallinero en un lugar donde sentarse a descansar a la sombra de la parra, la única que conservaba cierto verdor a pesar del paso de los años. Quería comprar pintura aprovechando que el cielo había regalado ya dos semanas de sol, pero antes tenía una visita que cumplir, y allí estaba: de pie sobre lo que hace años fue un río con las manos en los costados, viendo como el puente ardía, sin decir una palabra.
La primera vez que vio el puente fue también una tarde de mayo, pero lo hizo desde arriba porque el abuelo, que le agarraba fuerte la mano, no le permitió bajar. Los niños subían y bajaban las pequeñas laderas que formaba el cauce del río y se detenían exageradamente cuando llegaban al borde del agua, como si se fueran a caer. Había algunos más osados que caminaban unos pasos sobre el cauce y volvían corriendo a la tierra, llenándose las zapatillas de barro. Él miraba la escena desde arriba, de espaldas al bullicio de la romería y de la mano del abuelo, que recordaba que el río un día había llevado más agua, que no había tanta ladera por la que correr, que no estaba tan sucio ni desprendía por momentos ese tufo que produce el agua estancada. En el entorno del río los jóvenes y los mayores iban y venían entre los tenderetes que se montaban para la ocasión, tiendas de ropa de mercadillo, casetas en las que jugar y siempre, siempre, una pequeña caravana con un lateral abierto en la que se vendían navajas. Lo recuerda porque nunca vio una igual a la que llevaba el abuelo, con una hoja ancha pero afilada que en las manos robustas curtidas en el campo se movía con una facilidad y una precisión pasmosa. Cortaba el chorizo con un tajo limpio y pelaba la fruta con brío, sin dejarse un trozo de piel ni romper demasiado pronto la monda. Del abuelo recuerda también que antes de merendar esos días ponía las manzanas sobre la tapa de la vieja nevera y dejaba que les diera un poco el sol, para templarlas antes de comérselas. Y que la primera romería en la que el abuelo no estuvo fue demasiado pronto, y él todavía no bajaba corriendo por la tierra que ocultaba las aguas del río y observaba al resto de niños subir y bajar desde arriba, a pesar de que ya no había nadie que le cogiera de la mano.
El recuerdo del abuelo perdió nitidez, el niño quedó atrás y el río se fue secando hasta ser apenas un riachuelo que parecía no moverse del sitio en aquellas romerías de su juventud. El municipio limpiaba días antes el cauce y echaba agua limpia para eliminar un olor que aún brotaba del fondo si te acercabas un poco y removías la superficie de sus aguas. El puente era ahora un lugar oculto en el que robar esos momentos privados que en el pueblo apenas se encuentran. Recuerda el naranja de las piedras y aquello que aprendió la primera vez que bajó a correr con los demás niños y se acercó al puente a ver cómo ardía. El sol apretaba, el puente se quemaba pero al posar la palma de la mano sobre la estructura la piedra estaba fría. Si la luz que golpeaba era fuego, era un calor demasiado tenue para descongelar el corazón helado del puente.
Apartó de un manotazo los recuerdos y caminó hasta introducirse por uno de los ojos y se quedó un instante observando el contraste del naranja que el sol derramaba ese atardecer con la sombra que procuraba la estructura, y recordó cómo brillaban aquellos ojos verdes cuando la besó allí por primera vez. Recordaba el lugar exacto en el que fue y había ido allí precisamente a encontrarse con esa imagen, a invocar ese recuerdo a base del silencio del paraje desprovisto del bullicio de la romería. Porque fue una tarde, también, cuando se citó con ella en ese mismo lugar en el que ahora estaba en el silencio de una tarde cualquiera, y tuvieron que esperar a que sus cuerpos recuperaran el aliento después del largo paseo en bici antes de rozarse suavemente los labios, primero, y después de enredarse en un beso torpe y enmarañado que pretendía imitar al que ambos habían visto en las películas. Chocaron los dientes y se agarraban las manos, y a pesar del rubor, de la torpeza y del silencio nervioso de después, supo que aquel beso sería el listón con el que mediría todos los que vendrían después. No recordaba ninguno que hubiera dejado en él un sabor tan duradero.
Tenía que darse prisa. Había tres o cuatro kilómetros desde el paraje donde se encontraba el puente hasta el pueblo y debía recorrerlos antes de que anocheciese del todo, pero no pudo resistirse a hacer una última cosa, a traer de vuelta del pasado una última sensación. Quiso tocar la piedra. Estaba seguro de que el viejo puente había resistido con el corazón frío a pesar de las tardes en las que el sol lo había incendiado. Dio dos pasos hacia delante y levantó la mano derecha, y con las yemas de los dedos rozó primero la piedra, antes de apoyar toda la palma y sentir, efectivamente, que la piedra ardía naranja pero que el puente estaba helado. Una sombra cruzó veloz sobre la piedra, de derecha a izquierda, pero él se resistió a retirar la mano. La sombra, que primero había sido apenas una línea comenzó a reunir más sombras que llegaban, y a pesar de que el instinto le dictaba que cerrara los ojos y se fuera de allí decidió enfrentarse por primera vez a su presencia. Era el momento de saber si los kilómetros habían sido en vano, si también le habían acompañado en su regreso al pueblo. Con la mano aún en alto empezó a retroceder y se apoyó sobre unas piedras que había en el lecho seco del río. La sombra fue poco a poco formando un cuerpo y ante él se dibujo la silueta de una niña pequeña con el pelo largo, los brazos caídos junto al tronco, y allí donde debían estar los ojos y la boca tan sólo había huecos. El rostro era apenas un trazo oscuro pero no le cabía duda, era ella. Su hija estaba allí, en el lugar al que tantas veces había ido él de niño. Su hija muerta. Agachó la cabeza y miró al suelo, y aunque le sorprendió el frío casi lo vio venir. Se quitó la gorra y la agarró fuerte con las dos manos mientras notaba cómo una lengua fría le recorría la parte de atrás del cuello, como un dedo que se desliza sobre la piel en una caricia de otro mundo. Levantó la vista y vio que los huecos de la cara de la niña miraban hacia otro lugar, y desde detrás de él se empezó a formar otra sombra que fue ganando nitidez y definiendo a una mujer. La niña alzó un poco la cara y agarró la mano de su madre, y las dos le miraron fijamente desde las cuencas vacías que dejaban ver la piedra. Él mantuvo la vista fija en ellas un instante y volvió a calarse la gorra. Habían estado unos meses sin aparecer y llegó a pensar que le habían abandonado, pero quizá sólo habían esperado el lugar correcto en el que recordarle que no se habían ido, que no se iban a marchar.
Volvió sobre sus pasos y remontó la pequeña ladera saliendo de nuevo al paraje, a la zona de los merenderos. Cruzó la carretera y llegó el camino, y anduvo a buen paso sin volverse para mirar de nuevo el puente, dejando el lugar atrás.

Miró a los lados al cabo de un rato y respiró profundo al ver que estaba de nuevo solo. Aminoró la marcha y se dejó mecer por el paisaje pero no se tranquilizó del todo. Intentó dejar la mente en blanco pero esta vez no funcionó la melodía de sus huellas sobre las pequeñas piedras por las que avanzaba. Durante todo el trayecto de vuelta le pareció escuchar el lento caminar de tres pares de pisadas.  

miércoles, 27 de enero de 2016

(Víspera de) San Valentín

Siempre que se marchaba de casa se sentía un viejo a la deriva en un mundo que corría demasiado deprisa. Cuando se encerraba en el caserón le parecía estar a salvo, en su tiempo, pero ganar la calle significaba dejar atrás las paredes silenciosas y el frío de los pasillos anchos y despejados para enfrentarse a un universo de ruidos que siempre quiso dejar atrás. Significaba cambiar la soledad por los rostros y los nombres de seres cercanos, conocidos pero que sentía extraños, con los que volver a intercambiar las palabras de siempre. Que le preguntaran qué tal estaba, si necesitaba algo, si no se sentía tan solo en aquella casa tan grande que a él se le había hecho tan pequeña. En ocasiones, como cuando el calendario anunciaba la llegada de los primeros días de febrero, salir a la calle también significaba atravesar el pueblo con la bicicleta y llegar al pequeño cementerio para conversar con ella. Para decirle que este año volvería a colocar las velas para cenar, aquellas que compró para aquel San Valentín que iban a pasar juntos antes de que la muerte soplar y la apagase para siempre sin dar opción a que la llama llegase a prender la cera. Sí, aquel era un mundo que corría demasiado deprisa desde que ella no estaba.

Se ajustó el pañuelo al cuello para protegerse del aire que levantaba las faldas de aquellos postreros días de enero y salió a la calle. Cerró la puerta vieja con la enorme llave y empujó tres veces para comprobar que había quedado cerrada. Una, dos y tres. Envolvió la llave en un pañuelo blanco y se la metió en el bolsillo del pantalón, cogió la bicicleta y con ella agarrada por el manillar, sin llegar a subirse del todo, caminó en dirección al cementerio. Se miró en dos o tres escaparates y pensó en algún instante que era un abuelo empujando el carro del nieto, pero la mente pronto le decía que era un viejo tirando de sus recuerdos hacia la nada. Sabía que no se montaría en la bicicleta ni al ir ni al volver, y que recorrería primero la cuesta abajo y después la cuesta arriba tirando de ella con parsimonia. Llevarla era una excusa para tener las manos ocupadas, para no llevárselas a los bolsillos y empezar a acariciar las monedas que siempre guardaba y que hacían las veces de un sonajero desordenado a cada paso que daba. Se cruzó con algunos vecinos. Luisa le preguntó qué tal estaba y él volvió a mentir para decirle que bien, un estado que desde hace un tiempo despreciaba. Antonio se secaba el sudor en la puerta de su taller, con la cara negra y las manos llenas de aceite cuando le preguntó si necesitaba algo o si quería que su hijo, que ordenaba las llaves y herramientas en el fondo de la nave, le llevara a alguna parte. “Hay nubes de lluvia, Luis, te vas a mojar por ahí”, pero él le dijo que no se molestase, que iba cerca. Amparo sacudía el polvo de unos trapos cuando le vio venir y le preguntó si con el invierno no se sentía solo en aquella casa tan grande. “Allí hace frío todo el año”, respondió, y siguió empujando su bicicleta.

Cuando las últimas casas del pueblo se quedaron atrás y enfiló el paseo de cipreses que daba la bienvenida al camposanto aminoró el paso. Estaba cansado, llevaba más de veinte minutos andando y en aquellos metros finales siempre arrastraba los pies, envueltos en aquellas zapatillas azules con la desgastada suela de plástico que siempre llevaba cuando salía a la calle. En medio de dos filas de árboles que se erguían majestuosos hacia el cielo gris, él formaba una procesión lenta y dolorosa en la que cada paso costaba, en la que la respiración se iba acelerando y en la que el viejo gruñido de la bicicleta se iba apagando a medida que el camino llegaba a su fin y los pasos se acortaban. Llegó a la puerta y dejó la bicicleta apoyada sobre la pared. Subió los dos pequeños escalones y entró en el cementerio. Atravesó el lugar donde estaban las tumbas y dejó a la izquierda los pequeños mausoleos decorados con escudos heráldicos e inscripciones pomposas, giró a la derecha y enfiló un pasillo de baldosas flanqueado por árboles antes de llegar a la zona en la que se levantaban, como una biblioteca compuesta por estanterías de ausencias, las paredes en las que se incrustaban los nichos. Apenas se cruzó con tres o cuatro personas y notó cómo empezaban a caer las primeras gotas de una lluvia que amenazaba con convertirse en una tormenta, pero se animó llevado por ese enero sin frío que había regalado el nuevo año. Aun así, debía darse prisa.

Tuvo que atravesar muchas paredes hasta llegar al lugar donde ella reposaba. A medida que se acercaba recordó la razón por la cual sus restos habían ido a parar a la que entonces era la última pared construida. No fue fácil. Cosme, el de la aseguradora, le había dicho que pondrían los restos de Laura en la parte alta de la pared, en uno de los nichos superiores, para que pudiera verla sin problemas. Allí mismo, en el pequeño despacho de Cosme, se había puesto a temblar. “Eso no puede ser”, acertó a decir a medida que la voz se convertía en un hilo y luego en un sonido agudo que costaba articular. “Tenía vértigo Cosme, le daban miedo las alturas”. Cosme intentó explicarle que por las reservas que tenían aquél era el lugar donde mejor iba a estar, pero la cara de Luis empezó a perder el color y se puso nervioso. El temblor era ya evidente. Incluso lloraba. “Tenía vértigo, Cosme... las alturas...”. Éste, en un último intento, le explicó que la alternativa eran los últimos columbarios construidos en el cementerio, junto a una de las paredes del fondo, donde estaría sola. “Le daba miedo”, repitió Luis en una cantinela de lágrimas que ya nada podía detener. Cuando Cosme recuerda la historia jura y perjura ante quien le escucha que le pareció estar ante la súplica de un niño. Hasta allí, hasta las ausencias del final del camposanto llegó Luis cuando el cielo empezaba a violentarse y la fina lluvia subía de tono.

Desde la última visita hasta ahora, Laura había reunido a su alrededor algunos rostros en sepia que llenaban el entorno de flores. La muerte no se detiene, pensó, pero a mí no me alcanza. No había ni una sola junto a su imagen. Luis juzgó que no era propio regalarle ahora las rosas que no le llevó en vida. Como había conseguido que la colocaran en la parte baja del columbario, se agachó despacio, apoyó la mano izquierda en el suelo y sobre ella se dejó caer hasta sentarse por completo, con los talones juntos y las piernas formando un rombo que tenía como vértices las maltrechas rodillas. Parecía un escolar ante una fogata en lugar de un anciano ante el recuerdo de su esposa, a unos días de San Valentín. Intentó hablar, trató de pasar los dedos arrugados sobre su imagen mientras le pronunciaba unas palabras, pero no supo qué decir. Sintió que las fuerzas le abandonaban por completo, se puso las manos ante el rostro y agachó la cabeza para hundir la cara entre sus palmas, y notó que empezaba a llorar. Primero fue un gimoteo leve que le cortaba la respiración, pero pronto se convirtió en un llanto desconsolado que ni la lluvia, que caía ahora con fuerza, lograba frenar. La espalda se le arqueaba con cada convulsión, abrió la boca y levantó la vista hasta clavarla en la imagen que presidía la tumba, estiró los labios todo lo que pudo y formó una 'o' monstruosa de la que, en cambio, no brotaba sonido alguno. Se había apagado definitivamente. No sabía qué decir. Le envolvió el pánico y no pudo contener el llanto, cerró los puños y se clavó las uñas en la palma de la mano. Y no paraba de llorar. Así lo descubrió una pareja desorientada que con el primer trueno corría para guarecerse en el coche, y que le cogieron por debajo de los hombros con ayuda del ordenanza para sacarlo del camposanto. Le subieron en el coche y se lo llevaron. Al salir del cementerio pareció calmarse y en el asiento del automóvil, empapada la ropa y el pelo, pareció adormecerse poco a poco primero, luego por completo.

En la puerta del cementerio quedó, apoyada contra la pared, su bicicleta oxidada.